
News Press Service
Por Carlos Hernán Riaño
«La ciudad de Chia, no necesita más edificios. Necesita más mesas largas, donde se sienten tres generaciones. El Alzheimer es una enfermedad silenciosa, donde el olvido puede tomar a sus integrantes separados».
Este 21 de septiembre de 2026, muchos habitantes de la «Ciudad de la Luna», colocarán un lazo morado en Facebook, recordando a sus padres y abuelos que murieron por Alzheimer.

El otro día, uno de mis hijos me contó que uno de sus compañeros del colegio, le dijo que su abuela repetía la misma historia. Me preguntó por qué sucede esa situación?
Mi respuesta fue: «porque su cerebro se está cansando.Necesira que su familia, sea su memoria externa». Allí, entendí mi rol en la sociedad como abogado, empresario y reservista de las fuerzas militares.
En el Hogar San Rafael de Chía con más de 6 años de trabajo profesional, tiene 107 abuelos. 20 de ellos, con Alzheimer. También la ciudad de la Luna cuenta con Pura Vida Fundación. Es un los lugares especializados en atender a personas adultas mayores.
La ciudad de Chía, la población adulta mayor supera las 14.000 personas. En el país, las estadísticas hablan que el 9.4 por ciento de los mayores de 60 años, tiene demencia. A los 85 años, más de la mitad: 57.4 por ciento, padece la enfermedad.
Como ciudadano de Chia, puedo decir que el olvido es desigualdad. Las muertes por alzheimer y otros trastornos mentales, se multiplicaron por 5 en 9 años.
Si, no se mira el impacto del alzheimer en las familias de Chía, tú mamá o tú papá puede pasar de una cifra como paciente de la enfermedad en silencio, al miedo que un día te mire y no recuerde que eres su hijo (a).
Un cuidador informal en Colombia, a una persona con Alzheimer (papá, mamá o abuelos e incluso hermanos y primos ) dedica 5 horas diarias. Pernas que conozco en mi «metro cuadrado» dedican 24 horas al día. Nadie, les pregunta como están?
El Alzheimer, no solo lo vive quien lo padece. Lo viven también sus familiares. Es observar, cómo alguien que amas, de va yendo poco a poco. Aunque siga ahí.
Es aprender a querer una persona que cada día recuerda menos, pero que sigue sintiendo. Cansa. Duele y rompe por dentro.
Aun así, los familiares siguen estando, cuidando y acompañando. Amando, aunque no sean reconocidos. Eso también es amor. Un amor muy duro, pero profundamente valiente.
En los años de vida que me acompañan, bajo la bendición de Dios y el amor de mi familia, he aprendido que el Alzheimer puede llevarse los recuerdos, pero nunca lo que sentimos, por quienes amamos. Cada gesto, cada mirada y cada abrazo, guardan historias que ni la memoria pueden borrar.
