
News Press Service
Por Elias Prieto Rojas
Eran las ocho de la mañana del primer día del año y los colombianos de fiesta y celebración devoraban en sus hogares el tradicional caldo de costilla mientras los festivaleros empedernidos se empujaban sus polas al amparo de Dario Gómez con su tradicional «nadie es eterno en el mundo…» Bogotá apenas se levantaba, transcurrían los noventa y por ningún lado se visualizaba, la que años más tarde, fue goleada épica y rotunda cuando el equipo tricolor le metió 5 goles por cero a la selección argentina; y tampoco se presagiaba la tragedia mundial, aquella que significó el derrumbamiento de las torres gemelas de Nueva York.

Con toda la familia, tíos, primos, hermanos, novias, nos sacudíamos de las fiestas decembrinas y mientras los niños exhibían sus regalos, mis familiares adultos, tanto hombres como mujeres, comentábamos las incidencias del alza en los precios y, por supuesto, de las vicisitudes del orden público y de la guerra. Y dicho y hecho: varios de mis contertulios salimos a la calle para seguir relatando acerca de los pormenores de las noticias y al frente una reja extendida con el aviso en su frente: «panadería».
Cinco de la tarde, el día iba culminando su periplo alrededor de un sol que lentamente se ocultaba con sus alas como cierta reja de metal que de un golpe fue levantada como un agujero negro que lo devoraba todo: la silueta en la puerta del pan expulsó varios fogonazos, tiros al aire que asustaron a todos quienes presenciábamos la escena que, para ese momento, ya adentro del carro, en pura, rumbo a quién sabe qué lugar desconocido.
Una de las balas se introdujo entre el baúl y fue a caer estrepitosa en una maciza tabla que se alojaba como un ángel protector a lo largo y ancho de la zona trasera del coche. Quienes íbamos apretujados dentro del coche sentimos el golpe seco del proyectil, pero sin percatarnos de la gravedad del insuceso.
Al llegar a la casa el conductor del carro se echó la bendición agradeciendo el milagro. Al otro día fuimos a la panadería a reclamar y la dueña de las galletas y de los tintos negó rotundamente que una bala hubiese salido de su recinto y menos que uno de sus familiares hubiese cometido semejante felonía… Ahora mismo uno de los ganadores de la contienda electoral quiere que los ciudadanos nos armemos. Y yo no sé qué va a pasar…
