El ADN y la arqueología han dado la razón a las leyendas indígenas acerca de su uso de los équidos.

News Press Service
National Geographic
Cuando Cristóbal Colón lidera su segundo viaje a las Américas allá por el otoño de 1493 con una imponente flota de diecisiete barcos surcando el Atlántico y una auténtica empresa de colonización con más de mil hombres a bordo junto al cargamento esperado viajaba uno que cambiaría para siempre la economía y la cultura del continente americano: vacas, ovejas y, sobre todo, caballos.
Una ironía evolutiva
Cuando los caballos españoles pisaron las Islas Vírgenes y La Española a finales del siglo XV, los europeos creían estar introduciendo una especie un tanto alienígena en un mundo nuevo. Pero estaban del todo equivocados y así lo ha demostrado la ciencia.
Tal y como nos cuenta el registro fósil, el género Equus (al que pertenecen los caballos modernos) evolucionó originalmente en América del Norte hace millones de años; sin embargo, debido a una mezcla de drásticos cambios climáticos y la caza excesiva por parte de los primeros humanos, estos majestuosos animales se extinguieron en el continente hace unos 10.000 años.
Por lo tanto, cuando Colón desembarcó con sus corceles, no estaba introduciendo ni especies invasoras ni trayendo un ecosistema nuevo a ese Nuevo Mundo, sino que, en realidad, estaba devolviendo al caballo a su hogar ancestral.
Fue un infierno logístico
Hemos de imaginar que transportar caballos en el siglo XV no habría sido una tarea fácil. Los viajes transatlánticos duraban muchas semanas, y los animales requerían enormes cantidades de agua dulce y forraje, así como un espacio vital en los barcos dado su tamaño.
Para minimizar riesgos, los españoles optaron por embarcar caballos de menor tamaño, más resistentes, que comían menos y podían adaptarse rápidamente tanto a la montura como a la carga. Parecía lo más factible a la hora de emprender un viaje en barco tan largo como este.
Este hito marcó el inicio del llamado Intercambio Colombino, pues antes de 1493, los pueblos indígenas de América carecían de grandes bestias de carga; sus únicos animales domesticados eran el perro y, en los Andes, la llama.
La llegada (o, mejor dicho, la vuelta) del caballo supuso una revolución tecnológica, militar y laboral para estos pobladores. En 1519, el explorador y capitán general español Hernán Cortés introdujo los primeros 16 caballos en el continente (México), y para 1538 ya había corceles españoles galopando por la actual Florida.

El mito de 1680: la ciencia da la razón a los nativos
Durante mucho tiempo, los historiadores occidentales sostuvieron que los nativos americanos de las Grandes Llanuras no adoptaron la cultura del caballo hasta después de la rebelión de Popé de 1680, cuando las tribus, bajo el mando del caudillo Popé, expulsaron temporalmente a los colonizadores españoles de Nuevo México (acabando con la vida de 400 españoles), y apropiándose de miles de equinos abandonados.
Pero las tradiciones orales de naciones como los comanches, los pawnee y los lakota exponían que ellos ya cabalgaban en estos preciosos animales mucho antes de ver a un hombre blanco. Y la ciencia les ha dado la razón.
Un reciente y exhaustivo estudio publicado en 2023 en la revista Science, en el que colaboraron más de 80 investigadores (incluyendo genetistas, arqueólogos y científicos indígenas), sacó la verdad a la luz.
El análisis de ADN y la datación por radiocarbono de restos óseos hallados en museos desde Idaho hasta Kansas demostraron que los caballos ya estaban plenamente integrados en las culturas indígenas a principios del siglo XVII, décadas antes de la famosa revuelta.
¿Cómo llegaron allí tan rápido?
Gracias a las complejas redes de comercio intertribal. Muchos caballos escaparon de los campamentos españoles o fueron intercambiados de tribu en tribu, viajando hacia el norte mucho más rápido que los propios conquistadores.
Estos caballos fugitivos y robados se asilvestraron, multiplicándose en las llanuras y dando origen a los legendarios mustangs. Así, las tribus nativas no solo domesticaron estos caballos, sino que transformaron su forma de vida en torno a ellos, creando la icónica «cultura del caballo» que redefinió la caza del bisonte y la guerra en las llanuras.
