Los adversarios del papa Alejandro VI presentaron al pontífice a lafamilia de los Borgia como personajes depravados, pero las realidades que no actuaron de manera diferente a su época.

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National Geographic
En agosto de 1492, bajo un sol abrasador y en una ceremonia multitudinaria y fastuosa, el cardenal valenciano Rodrigo Borgia fue coronado papa con el nombre de Alejandro VI.
}A sus 60 años era todavía un hombre apuesto, de figura imponente y trato exquisito y afable. Decano del colegio cardenalicio y vicecanciller de la Iglesia durante cinco pontificados, ningún prelado le aventajaba en autoridad, conocimientos y experiencia.
Tampoco ignoraba los asuntos mundanos, pues ya era padre de un varón y dos niñas cuando conoció a quien sería su amante durante más de tres lustros, Vannozza Cattanei.
Con esta mantuana bien parecida y de agudo sentido práctico engendró a sus cuatro hijos más famosos, brillantes y controvertidos: César, Joan, Lucrecia y Jofré, estrellas de la leyenda negra que –pese a su incuestionable origen propagandístico– sigue alimentando la memoria de los Borgia.
Un padre afectuoso
Rodrigo fue un padre afectuoso y atento. En los planes para sus hijos se entremezclaban el afecto y el cálculo, la convicción, común en su época, de que para afrontar los azares de la existencia se necesitaba una familia fuerte, unida, en la que cada miembro contribuyera a sostener a los demás y todos juntos acrecentaran el poder, la influencia y la riqueza del linaje.
En 1485 compró al rey Fernando el Católico el ducado de Gandía para su primogénito, Pere Lluís, y además lo prometió en matrimonio con doña María Enríquez y Luna, prima hermana del soberano.
De este modo creaba en el reino de Valencia (donde se hallaba su Xátiva natal) un sólido patrimonio sobre el cual asentar el poder secular de los Borgia.
Tres años después, la muerte del primogénito convirtió en duque de Gandía a su medio hermano Joan, que también asumió el compromiso matrimonial del difunto.

Para entonces, el cardenal ya había perdido a una hija y la otra estaba casada con un noble romano, así que todas sus expectativas y amor paterno se concentraron en los cuatro vástagos habidos de Vannozza.
Éstos habían vivido su primera infancia con su madre en una casa situada junto al palacio Borgia, el más bello y suntuoso de Roma, y, aunque disimulada por los sucesivos matrimonios de Vannozza, la relación familiar Borgia-Cattanei fue intensa y estrecha, muy afectuosa.
Cuando nació Jofré, el último de sus hijos comunes, aquel largo romance ya se había enfriado y concluyó amistosamente.
Rodrigo siempre consultó los asuntos delicados con ella, y sus hijos, fuera ya del hogar materno, siguieron frecuentando a su madre, menos Lucrecia, que le fue más distante.
Al pontífice le era imposible disimular su orgullo por aquellos vástagos en la flor de la vida. Los amaba. Amaba su juventud, su gracia y belleza, sus ingenios vivaces, las buenas maneras, la alegría.
Deseaba tenerlos cerca, disfrutar de su compañía, hacer gala de ellos. A Lucrecia le concedió el palacio de Santa Maria in Portico, anejo a la basílica de San Pedro, para que se instalase en él, y a los demás los alojó en el propio Palacio Apostólico (la residencia de los papas) o en sus proximidades.
Desde entonces, las llamadas «estancias secretas» de los apartamentos Borgia, destinadas al uso privado del pontífice, se convirtieron en el lugar de encuentro familiar.
Allí se celebró, entre cientos de invitados, el primer matrimonio de Lucrecia; y después, más discretamente, la fiesta de su segunda boda con los salones decorados para la ocasión con una fuente, bosquecillos y personajes vestidos de animales que salían de entre la fronda y danzaban con los invitados.
Allí, una tarde, el techo de una sala se desplomó sobre el trono de Alejandro VI mientras esperaba la llegada de sus hijos, y la resistencia del baldaquín que cubría el sitial le salvó la vida; y en otra cámara cercana murió asesinado Alfonso de Aragón, el segundo marido de Lucrecia. Escenario de dichas y desdichas, aquél fue durante once años el hogar de los Borgia.
La política y la familia
El acceso de Rodrigo al trono papal había introducido en sus planes un elemento nuevo: los matrimonios de sus hijos ya no podían orientarse sólo a satisfacer sus intereses familiares –como hasta entonces–, sino que debían contemplar también la salvaguarda de los Estados Pontificios, los dominios de la Iglesia en suelo itálico, amenazados tanto por la intervención de Francia como por la de la monarquía hispánica de los Reyes Católicos.
Así, entre 1493 y 1494, el pontífice selló tres importantes alianzas mediante otros tantos matrimonios: el de Joan, duque de Gandía, con la prima del rey Fernando el Católico, comprometido desde hacía años; el de Lucrecia con Giovanni Sforza, pariente del todopoderoso duque de Milán, y el de Jofré con Sancha, hija natural del rey Alfonso II de Nápoles (pariente a su vez de Fernando el Católico).
Pese a la rotunda oposición del papa, el rey francés invadió Italia en 1494 con la ayuda del duque de Milán, lo que al cabo de tres años tuvo como consecuencia la anulación del matrimonio de Lucrecia con Sforza y su posterior casamiento con Alfonso de Aragón, hermano de Sancha, reforzando la alianza napolitana del papa.
Pero en aquella etapa turbulenta e inestable, nuevos avatares políticos indujeron a César a abandonar la carrera eclesiástica y, de acuerdo con su padre, a casarse con una hermana del rey de Navarra, pariente del monarca francés.
Esta nueva alianza chocaba con los intereses del rey de Nápoles y de sus parientes, los Reyes Católicos, creando graves tensiones en el seno de la propia familia Borgia entre Lucrecia y su hermano César, como veremos.
El tercer matrimonio de Lucrecia, con el futuro duque de Ferrara, escapó a ese círculo de tensión entre Francia, Aragón y Nápoles, y satisfizo los intereses de todos: del papa, de César y de la propia hija del pontífice.

Padre e hijos
Los hijos de Alejandro VI no cuestionaban las decisiones de su padre. Era el eje de la familia, su bienhechor, la persona de la cual emanaba el poder y la riqueza que ellos disfrutaban. Le debían obediencia como progenitor y como sumo pontífice.
Sin embargo, la acción paterna no era inocua: tenía efectos en cada uno de sus hijos y en las relaciones entre todos ellos.
Aun amándolos a todos, el papa no ocultaba sus preferencias. Más de una vez –quizá por el carácter apocado del muchacho– puso en duda que Jofré llevara su sangre.
Honraba debidamente a él y a su esposa Sancha de Aragón, pero el relativo desapego del pontífice hacia Jofré le procuró sonadas broncas con su nuera, quien no se mordía la lengua al defender a su esposo. Éste procuraba no hacer ruido y acataba con docilidad los mandatos paternos.
A Joan, en cambio, el papa lo adoraba. A petición de los Reyes Católicos, lo envió a España a recibir su investidura como duque de Gandía y celebrar el matrimonio pactado con la prima del rey Fernando. El pontífice le preparaba un futuro más espléndido aún en suelo italiano. Para Joan su padre era el proveedor de títulos, honores, territorios, riquezas.
Se sabía muy amado, quizá por su mundanidad, su belleza y prestancia, y él, un poco altivo a veces, se dejaba querer.
No seguía a pie juntillas las recomendaciones y los consejos paternos, aunque sabía justificarse con buenas palabras. En 1497, cuando Joan volvió a Roma y fue asesinado a puñaladas y arrojado al Tíber, la desolación de su padre fue absoluta, brutal: «A siete papados renunciaría, si los tuviese, si con ello pudiera devolver la vida al duque», declaró ante la curia sin poder contener las lágrimas.
De «ingenio notable, maneras exquisitas y carácter alegre y sereno» –como lo describió otro clérigo–, el otro hijo del papa, el cardenal César Borgia fue desde el principio un firme puntal de Alejandro VI en la curia y en los asuntos de Estado.
Tal vez su padre vislumbraba en él al tercer papa Borgia (después de él mismo y de su tío Calixto III, que lo había sido 40 años antes) y por ello no cedía a sus reiteradas peticiones de abandonar la carrera eclesiástica, por la que César no sentía ninguna vocación.
El pontífice sólo aceptó su renuncia al capelo cardenalicio al cabo de un año de la muerte de Joan, y desde entonces se estrechó aún más la colaboración en asuntos militares y diplomáticos.
César reconocía en su padre a un gran maestro en el arte de la política y las alianzas cambiantes que caracterizaron la época. Ambos compartían objetivos, si bien César era consciente de que, por edad y salud, el tiempo del pontífice se acababa y de que su propio poder aún dependía de él.
Por ello a veces no dudó en anticiparse y, mediante hechos consumados, forzarlo a acelerar sus planes; así lo había hecho en 1495, cuando, viajando como rehén del rey de Francia, cuyo ejército iba a la conquista de Nápoles, se fugó del campamento galo a despecho del acuerdo entre el monarca y el papa.
Lucrecia, la más querida
Por encima de los varones, la preferida del pontífice era Lucrecia, la joya de la familia por su belleza, su carácter dulce y su exquisita educación.
Entre padre e hija fluía un intenso afecto, una comunicación emocional que les permitía comprenderse sin palabras. El primer esposo de la joven fue Giovanni Sforza, pariente del duque de Milán.
Esa unión, fallida en lo personal y en lo político, acabó en anulación y tuvo un epílogo fatal: el exmarido la difamó insinuando la existencia de una relación incestuosa entre el pontífice y su hija, ampliada luego a los hermanos, que arrojó sobre ella y los Borgia una mancha infamante mil veces desmentida pero que aún perdura.
Pese al cariño mutuo, Lucrecia no tardó en descubrir que su padre tenía tanta capacidad para amarla como para herirla y que le sería imposible hallar sosiego mientras él y los suyos pudieran interferir en su vida.
Así pues, tras el asesinato de su segundo marido, Alfonso de Aragón, optó por un tercer matrimonio con Alfonso de Este, heredero de los ducados de Ferrara, Módena y Reggio, que la llevaría a vivir lejos de Roma. Consciente de sus razones para alejarse, y siendo esa unión conveniente a toda la familia, su padre aceptó la separación con tal de verla feliz pues, según el secretario del duque de Ferrara, «su santidad la ama más que a ninguna otra persona de su sangre».
No siempre es fácil ser hermanos
Allí donde se reunían los Borgia-Cattanei abundaban las risas, las galanterías, el ingenio y la música. Mas no todo fueron mieles en la relación entre los hermanos. Algunos acontecimientos también les hicieron probar frutos amargos.
Lucrecia era, en cierto modo, un eslabón entre ellos. Jofré se sentía bien a su sombra. Ella lo protegía, iban juntos a todas partes y aún se estrecharon más los lazos cuando Lucrecia se casó con Alfonso de Aragón, el hermano de su cuñada Sancha.
Ni el fracaso del matrimonio de Sancha y Jofré ni la muerte de Alfonso rompieron la amistad entre las cuñadas. Y fue Jofré quien protegió al pequeño Rodrigo de Aragón y Borgia, de dos años de edad, hijo de Lucrecia y su difunto esposo, durante los actos violentos desatados en Roma, como era habitual, tras la muerte del papa.
Pero con quien más afinidades mantenía Lucrecia era con Joan, quien, recién casado, le escribía desde la península ibérica sobre sus ardientes deseos de regresar a Roma.
El engrandecimiento en títulos, territorios e importancia de Joan, siendo acorde con la estrategia política y familiar de Alejandro VI, contrastaba con la mayor brillantez y agudeza de César, forzado a seguir una senda eclesiástica que odiaba.
Quizá se consideraba más capacitado que su hermano para ser un gran príncipe y esa percepción se acentuó cuando Joan regresó a Roma y demostró poca destreza en el campo de batalla.
Pero la importancia política, económica y eclesiástica de César era enorme y probablemente sobrepasaba la del duque. De hecho, como cardenal legado del papa, César se disponía a coronar al nuevo rey de Nápoles, Federico II, un nivel de autoridad difícil de superar.
Según las malas lenguas, César y Joan se disputaron los favores de su cuñada Sancha de Aragón. Pudo ser así, o no. Joan tenía fama de mujeriego, pero esa historia pudo ser invención de la leyenda negra, como lo fueron las acusaciones tardías de que César fue su asesino.
Tales habladurías ocultan los motivos políticos del crimen: el enorme poderío que Joan había alcanzado en suelo itálico. Su muerte asestó un duro golpe al poder de los Borgia en Italia y en el reino de Valencia (su heredero aún no contaba tres años) y evidenció la vulnerabilidad del pontífice.
César y Lucrecia
La relación de César y Lucrecia se movió entre el afecto y la rivalidad. El devenir de las alianzas políticas a través de matrimonios (el segundo de ella con un sobrino del rey de Nápoles, y el de César con una prima del rey de Francia) los situó en campos rivales. Ambos monarcas estaban a punto de entrar en guerra y el papa mantenía su alianza con Nápoles.
La hostilidad entre Alfonso de Aragón y su cuñado César cuando se encontraban en el Vaticano era palpable.
En el verano de 1500, mientras convalecía de un grave ataque perpetrado por desconocidos, Alfonso fue asesinado en el lecho por un sicario de César.
Éste alegó que previamente su difunto cuñado lo había atacado disparándole un dardo de ballesta mientras paseaba por el jardín al pie de la habitación donde Alfonso convalecía. Fue un suceso oscuro, imposible de esclarecer. Poco después, Alejandro VI apoyó a los franceses.
A Lucrecia le era difícil perdonar. Y, sin embargo, cuando César cayó en picado tras la muerte del pontífice, Lucrecia lo socorrió con armas y dinero, y, siendo ya duquesa de Ferrara, intercedió por su libertad ante Fernando el Católico, que lo tenía cautivo.
César logró fugarse y llegar al reino de Navarra, donde halló la muerte en Viana combatiendo al frente del ejército navarro. Esto afectó profundamente a Lucrecia, pues «la duquesa lo amaba como si fuera su madre».
Los Borgia eran una piña y así afrontaron éxitos y fracasos. Fueron los enemigos de la familia y del papado quienes tergiversaron y magnificaron sus conductas (semejantes a las de sus coetáneos) dando pie a una leyenda negra. La evidencia histórica la contradice, pero ha calado muy hondo en el imaginario popular, y ahí resiste.
