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Criado entre tribus esteparias y coronado en el desierto, este monarcadel Imperio parto protagonizó uno de los pulsos geopolíticos más sugerentes de la Antigüedad por el control de Armenia.
El Imperio romano parecía ser una maquinaria militar invencible, capaz de aplastar cualquier resistencia desde las tierras de Britania hasta las ardientes arenas de Egipto. Sin embargo, en la frontera oriental, las águilas romanas chocaban sistemáticamente contra un muro inquebrantable: el Imperio parto. Y en el siglo I d.C., esta nación oriental estuvo liderada por Artabano II, un hombre que, contra todo pronóstico, se sentó en el trono de los reyes de reyes y miró cara a cara al mismísimo emperador Tiberio.
El nacimiento de un rey inesperado
La historia de Artabano II no es la del típico príncipe criado entre sedas y palacios; es una historia de supervivencia y de un profundo choque cultural entre Oriente y Occidente.
Para empezar, según los registros históricos, como los del historiador romano Tácito, Artabano no pertenecía a la línea sucesoria principal de la dinastía arsácida por vía paterna, sino materna, de ahí que pasara su juventud lejos de la opulencia de la corte, criándose entre los dahae, una confederación de tribus nómadas escitas que vivían al este del mar Caspio (actualmente Turkmenistán).
Esta educación hizo de él una persona con carácter rudo, pragmático y muy en sintonía con las tradiciones ecuestres y marciales de su pueblo que hablaba iraní oriental.
Su oportunidad llegó cuando la nobleza parta se hartó de Vonones I. Este rey de Partia (hijo de Fraates IV de Partia) había vivido como rehén (sí, como prisionero) en Roma (como garantía de un pacto con el emperador Augusto) y, al regresar a casa para gobernar, trajo consigo costumbres occidentales que repugnaban a los orgullosos jinetes partos.
Sin ir más lejos, Vonones no cazaba, no montaba a caballo con destreza y se rodeaba de griegos. Era, a ojos de su pueblo, un títere romano. Se había criado allí y, por ende, había adoptado sus costumbres.
Artabano, al contrario, que por entonces gobernaba la región de Media Atropatene, fue aclamado por los nobles tradicionalistas. Era la esencia del Imperio parto y, tras una serie de enfrentamientos militares, Artabano expulsó a Vonones, quien huyó a Armenia, coronándose como líder del Imperio parto alrededor del año 12 d.C. y aplaudido por sus gentes.
Armenia: el tablero de ajedrez entre Roma y Partia
Si el mundo antiguo fuera un inmenso tablero de ajedrez, Armenia era la casilla central que todos querían dominar. Este reino montañoso funcionaba como un estado colchón entre Roma y Partia; quien controlara Armenia, controlaba el equilibrio de poder en Oriente.
Por eso Artabano II, envalentonado por su éxito, decidió mover ficha. Tras la muerte del rey armenio Artaxias III (Zenón-Artaxias), Artabano no dudó y colocó a su propio hijo, Arsaces, en el trono de Armenia. Era una bofetada diplomática en toda regla al Imperio romano. Roma, que consideraba a Armenia bajo su esfera de influencia, no toleraría semejante afrenta.
Por aquel entonces gobernaba en Roma el emperador Tiberio, considerado un hombre calculador y desconfiado. Reflexionando ante este paso, comprendió que una guerra abierta y directa contra los arqueros a caballo partos (los mismos que habían aniquilado a las legiones de Craso décadas atrás en Carrhae) era un riesgo que no merecía la pena correr; así que optó por la guerra sucia, el espionaje y la diplomacia armada.

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Espías y traiciones
Esta estrategia no se hizo espera. Tiberio desplegó una maniobra perfecta.
Primero, incitó a los iberos (del Cáucaso, no de la península ibérica) a invadir Armenia, logrando que el hijo de Artabano fuera asesinado. Luego, el emperador romano envió a su hábil gobernador en Siria, Lucio Vitelio, para desestabilizar el propio corazón del Imperio parto.
Para ello, empleó el oro romano con objeto de sobornar a la voluble nobleza parta, descontenta con la mano dura de Artabano. Aprovechó esta tesitura para introducir a su propio candidato al trono parto: Tirídates III, un príncipe arsácida educado en la capital del Tíber. Y funcionó.
Acorralado por las traiciones internas y la presión romana, Artabano se vio obligado a huir.
Cualquier otro monarca habría desaparecido, pero Artabano era un auténtico superviviente. Regresó a sus raíces, a las estepas. Allí reclutó un buen ejército de mercenarios escitas y, cubierto de polvo y vistiendo harapos para inspirar compasión y furia entre sus leales, marchó sobre la capital parta, Ctesifonte.
Tirídates, que había resultado ser un líder débil y demasiado servil a Roma (aunque esa fue la intención de Roma en todo momento), huyó despavorido hacia Siria y Artabano recuperó su imperio.
El legado de Artabano II
El clímax de este pulso geopolítico tuvo lugar en el año 37 d.C., a orillas del río Éufrates. Artabano II y el general romano Lucio Vitelio se reunieron en un puente de barcas para sellar la paz. Ambos imperios estaban exhaustos del conflicto.
Finalmente, Artabano reconoció la superioridad romana en Armenia y entregó a uno de sus hijos como rehén (una práctica diplomática habitual como hemos visto), pero a cambio, Roma aceptó su soberanía indiscutible sobre Partia, renunciando a imponer reyes títeres.
Sin embargo, Artabano II murió poco después, alrededor del año 38 d.C., dejando tras de sí un imperio que había resistido a la mayor superpotencia de la época.
