
News Press Service
Banco Mundial
Toni Weis Sreelakshmi Papineni Niklas Buehren
Imagine que está conversando con un emprendedor que desea hacer crecer su negocio: seguro, bien preparado, y con los números en la mano.
La idea es sólida, el plan es convincente. Piense en la adecuación del producto al mercado, sopese los riesgos operativos y comience a formarse una impresión del proyecto.
Ahora haga una pausa por un momento. ¿Cambiaría su visión del negocio si la persona que lo propone fuese un hombre, o una mujer?
La pregunta quizás sea hipotética, pero las consecuencias son reales. En todo el mundo, las mujeres emprendedoras siguen enfrentando grandes obstáculos para acceder al financiamiento para la actividad empresarial.
Las fundadoras de empresas reciben una proporción muy pequeña del capital de riesgo, con apenas el 1% del capital invertido en empresas emergentes de EE. UU. respaldadas por capital de riesgo (en inglés).
Según estimaciones, el 6% del capital de riesgo se destina a empresas dirigidas por mujeres en África subsahariana (en inglés). En un estudio realizado por el Laboratorio de Innovación en Cuestiones de Género para África del Banco Mundial y Briter Bridges se concluyó que, en África, los equipos fundadores exclusivamente masculinos recaudan alrededor de US$25 por cada US$1 recaudado por equipos integrados solo por mujeres.
El déficit de financiamiento puede obedecer a muchos factores, como la elección del sector, el tamaño de la empresa y el acceso a garantías. Sin embargo, la investigación también apunta a un sesgo del inversionista.
Estudios realizados en Estados Unidos han sugerido que los hombres tienen más probabilidades de obtener financiamiento para empresas emergentes cuando presentan propuestas idénticas a las de las mujeres, y que los hombres pueden ser evaluados por el potencial, mientras que las mujeres son juzgadas por el riesgo.

La percepción de “idoneidad” por sector también está marcada por el género: los inversionistas tienden a confiar en las mujeres en campos predominantemente femeninos y en los hombres en sectores predominantemente masculinos (en inglés).
Para analizar la existencia y el alcance del sesgo, y si estos hallazgos se aplican a las economías africanas, realizamos un experimento (en inglés). Trabajamos con los productores del programa de televisión Chigign Tobiya —la versión etíope de Shark Tank—, para filmar un conjunto de propuestas de inversión simuladas en las que actores y actrices capacitados presentaron una serie de ideas de negocios.
En el experimento se cambiaron solo tres características clave de las propuestas: el género del emprendedor, el sector de la actividad y la calidad de la presentación.
Los sectores —construcción, textiles y servicios alimentarios— fueron seleccionados para reflejar industrias en que predominan los hombres, neutrales y en que predominan las mujeres, respectivamente. El experimento incluyó sesiones con dos audiencias diferentes para ver y evaluar los videos.
Un grupo estuvo formado por estudiantes de institutos de formación profesional, que representaron a posibles emprendedores. El otro grupo incluyó oficiales de micropréstamos, profesionales que toman decisiones crediticias reales en su trabajo cotidiano.
Cada participante calificó la presentación de los emprendedores en términos del liderazgo, la confiabilidad y el potencial empresarial. Además, evaluaron el nivel de riesgo y decidieron si recomendarían que se invirtiera en las propuestas, y cuál sería el monto de la inversión.

Un actor y una actriz presentaron el mismo guion para cada sector, y pusimos a prueba si los hombres y las mujeres eran recompensados o penalizados cuando infringían los estereotipos de género por sector.
Una buena noticia: encontramos pocos indicios de un sesgo general en contra de las emprendedoras.
Nuestros resultados muestran que los espectadores recomendaron invertir en emprendimientos liderados por hombres y mujeres en la misma medida, y propusieron montos de inversión similares. Tampoco encontramos evidencias de que los hombres inviertan más en los hombres, o que las mujeres inviertan más en las mujeres.
Los oficiales de préstamos, en su mayoría hombres, pero que trabajan con una gran proporción de prestatarias en sus instituciones financieras, calificaron las presentaciones de las mujeres un poco mejor que las presentaciones de los hombres.
Sin embargo, cuando analizamos los resultados por sector, surgieron sesgos. El sector de la construcción, ampliamente percibido como “masculino”, recibió la mayor inversión, y los hombres obtuvieron, en promedio, muchas más inversiones que las mujeres.
Por el contrario, en los servicios de alimentación, que recibieron la inversión más baja en promedio, las emprendedoras tenían más probabilidades de conseguir financiamiento. En el sector textil, un campo más neutral, no hubo distinción por género.
Las diferencias se debían a cómo los espectadores percibieron el grado de adecuación de los emprendedores a su sector. Valoraron conjuntos de habilidades específicas en distintos sectores (liderazgo y negociación en la construcción; enfoque en el cliente en los servicios de alimentos), y atribuyeron esas habilidades de manera diferente a hombres y mujeres.
Los hombres recibieron una calificación más alta en liderazgo y las mujeres en confiabilidad, lo que refleja estereotipos conocidos sobre quién encaja en qué lugar.
Estas percepciones son importantes. En general, los sectores habitualmente dominados por los hombres suelen atraer mayores inversiones. Por lo tanto, las mujeres que ingresan a estas industrias enfrentan un doble obstáculo: competir en función de los fundamentos del negocio y, al mismo tiempo, cuestionar la suposición de que no pertenecen a estos sectores.
¿Qué se puede hacer para cambiar estas percepciones? En nuestro experimento pusimos a prueba algunas formas sencillas de contrarrestar el sesgo, con resultados alentadores.
Mostrar a las participantes un breve video en el que aparecía una directora ejecutiva exitosa aumentó la probabilidad de que invirtieran en propuestas de mujeres.
Del mismo modo, un breve clip informativo en el que se destacaban los ingresos de las mujeres en sectores dominados por los hombres llevó a los espectadores a recomendar mayores inversiones para las mujeres en el sector de la construcción.

Inversión media recomendada por los participantes en el experimento de Chigign Tobiya, por sector
En conjunto, estos resultados ofrecen lecciones importantes para los inversionistas y los emprendedores.
Cuando las mujeres saben que las decisiones de inversión no están sistemáticamente en su contra, pueden sentirse más seguras al buscar oportunidades de financiamiento.
Al mismo tiempo, los estereotipos por sector siguen siendo fuertes, y para combatirlos es necesario adoptar medidas en ambos lados del mercado de inversiones. La capacitación sobre prejuicios inconscientes puede ayudar a los inversionistas a descubrir y contrarrestar los estereotipos que influyen en las decisiones.
Para las emprendedoras, la exposición a modelos exitosos —a través de redes, aceleradoras o eventos empresariales— puede ser de gran ayuda para quienes ingresan a sectores de mayor rentabilidad y dominados por los hombres.
El resultado es un mercado de capital más justo y más eficiente.
