
News Press Service
Por Elías Prieto Rojas
Por todo el mundo circulan ideas que rechazan el uso del carro, puesto que para nadie es un secreto su poder contaminante en estas cruciales horas del calentamiento global, y aunque los humanos sabemos de su letalidad, a no ser que sean autos eléctricos, una vez más se tienen que procurar soluciones para mantener el aire limpio con sus benéficos efectos que ayudan a mantener un planeta óptima de vida.
Por ello confesamos nuestra admiración, entre otras, por la bicicleta y sus incontables réditos en todo aquello que significa calidad; entonces destacar su uso y la eficaz política pública de mantener la ciclovia es decisivo.
REMINISCENCIAS Y ALEGRÍA
Se sale, como mínimo, todos los domingos religiosamente a ser uso de la ciclovia. Recordamos esas épocas de adolescencia cuando se esperaba con ansiedad la llegada del fin de semana, cuando con otros amigos de infancia nos reuníamos para nuestra tradicional recocha dominical, donde no había poder humano que nos hiciera cambiar de idea, pues el partido de fútbol nos reivindicaba frente a los avatares propios de la existencia.

Ahora, el mundo ha cambiado y con ello nuestras costumbres. Ya no estamos detrás de un balón ni queriendo emular a Bochini, ni a Platini, ni a Zico, ni en últimas al Pibe Valderrama. Ahora intentamos un paseo, pero montados y cabalgando sobre el caballito de acero.
Ya no parados sobre los pedales, porque a nuestra edad cualquier caída es mortal. Vamos bien sentaditos en la bicicleta que, aunque pesada, ahí la hacemos servir. Y cierto que en el marco se enseña la palabra “Benoto”, pero se aclara que se puso ahí este nombre para despistar, porque de ultraliviana no tiene nada.
Nos enfrentamos a la diversión y a la desconexión del mundanal ruido, solo que lo hacemos con el deporte de las bielas. Damos pedal y pedal, pedal y pedal, y ahí avanza como una tortuga: lenta, pero segura.
Cada domingo, desde las seis de la mañana salimos a la aventura del paseo en ciclovia. Arrancamos desde la 170 con autopista y subimos derecho hasta la novena. Antes, llenamos el botilito de agua pura, guantes, tenis, celular entre un canguro de cuero negro, y el maletín rojo donde se acomodan los papeles y los billetes que llevamos para el camino.
El frío de la mañana nos obliga ir bien abrigados, tres o dos camisetas, y en ocasiones hasta dos pantalones livianos, vaporosos como dirían las señoras. A esa hora los jóvenes de la alcaldía comienzan a llenar de iconos y de señalización la ruta designada, como todos los domingos para que los ciclistas emprendan su jornada.

Pero, no solo hay espacio para las bicicletas, sino que también circulan otros especímenes como transeúntes que copan las calzadas dispuestas donde se mezclan niños, jóvenes, ancianos, bellas mujeres, gorditos, enanos, ricos, pobres, mejor dicho: un carnaval y mosaico de personas que salen a disfrutar de su deporte favorito, y por supuesto que, en algún momento, cualquiera desea hacer relaciones públicas, porque o, se habla del trabajo, como cosa rara, o de la última conquista, o del aumento en el costo de vida; sinfín de circunstancias que se estilan a diario en medio de la azarosa existencia.
CARNAVAL DE COMIDA
Los bogotanos somos rebuscadores profesionales. Cualquier cantidad de ventas informales pululan a la vera del camino por rutas de ciclovias. Encontramos ventas de mazorca que, a las siete de la mañana, prenden su asador. Y la ventolera que se esparce con el humo cotidiano para perjuicio de sus propietarias, y clientes, que empiezan a tragarse de madrugada sus respectivos granos de maíz. Y sus también, y gratis, bocanadas de humo.
Y el salpicón repleto de frutas aderezadas con rojo, o el naranja, para ser más exactos, que invita satisfacción, como Mick Jagger, con su canción: puros antojos, que empiezan con el ejercicio cotidiano. Y la papaya tiernita y la piña y el jugo de naranja y las fresas y también se encuentra el jugo de borojó y el chontaduro con sal. Dicen las malas lenguas, y en palabras santandereanas, que este manjar le da cuerda a la arrechera para los alebrestados amantes velocípedos.
Empanadas grandes, pequeñas, con carne desmechada, o molida, llenitas de arroz y pasteles de yuca, arepas rellenas y otras viandas que son delicias de los golosos y obesos que también circulan por la ciclovia. No he visto por ahí nada de lechona, ni de crispetas, o del maíz pira, del mismo que se vende en las salas de cine, por esos espacios demasiado caro. Menos mal que por acá en las ciclovias, no he visto ni tamales ni caldo de costilla ni lechona. Pero no faltará el gastrónomo que inicié pronto su comercialización.

Y EL ARTE QUE NO FALTE
Sudando copiosamente se cabalga como Fausto Coppi; no soy demasiado catano; mejor me paro en los pedales emulando a Tadej Pogacar, pero, qué bien encontrar en cualquier desprevenida curva, artistas, bienvenidos, aquellos que nos ayudan a hallarle sentido a la incertidumbre de existir.
Sobre la 134 con novena se estaciona, todos los domingos, en uno de los paraderos del SIP, un adulto mayor con sus respectivas pistas y su micrófono haciendo las delicias de la concurrencia. Canta: “Yo soy aquel que cada noche te persigue/Yo soy aquel que por quererte ya no vive”. Y se nos devuelve el video y recordamos a Raphael, para reafirmar que también tuvimos veinte años.
Y más adelante, sobre la 15 con 92 encontramos un Louis Armstrong que con saxofón entre sus manos evoca las calles de Nueva York, o del Bronx, o de cualquier ciudad del mundo, da lo mismo. Lo cierto es que el Jazz inunda de musicalidad la ciclovia y el domingo adquiere colorido para seguir cantando y también para seguir pedaleando.
Y un merecido descanso: me bajo de la bicicleta, porque pedaleando aparece el pulso acelerado y mis palpitaciones suben de ritmo y es cuando me toca hacer veinte flexiones de brazos hacia afuera y dentro y subiendo y bajando en círculo; distensiono los músculos y contorsiones y estiramientos con grandes sorbos de agua… quieto un buen rato.
Y otra vez, de nuevo en mi brioso potro que domina la pradera, solo que por ahora pedaleo, y cabalgando, otra vez raudo por la ciclovia rumbo al sur, al sur, al sur, como en la canción de Jorge Villamil; y por eso buscamos ese punto cardinal para seguir conociendo la ciudad, y es cuando aparece el tren y su estridente bocina cargada de negro humo; pero la infancia, al recordarla, nos llena de emoción y de reminiscencias y por eso quiero irme con el tren y acompañarlo durante toda mi existencia recorriendo valles y llanuras, fondas, villorios, fincas y parajes insospechados.
Vida, por qué te estas yendo tan rápido: hoy debo admirar la belleza de tus paisajes viendo que el sol declina en el horizonte y con la mañana se visten de fiesta los ciclistas que vemos despedidos los pasajeros con manos y adioses mientras los espectadores guiñan los ojos y languidecen de nostalgias por el tiempo perdido en medio de un tren que se va y regresa.
Y CONTINÚA LA FIESTA

Damos gracias al creador quien nos permite hacer ejercicio, porque también se nutre la ruta con nuestros sacrificios, y para delante, pues atrás asustan, y es cuando vemos accidentes que también se presentan, y a diario, porque la velocidad trae sorpresas como un ladrón en la noche, aunque en Bogotá y en la Colombia entera atracan a cualquier hora, inseguridad tremenda, y las ciclovias no escapan a este flagelo.
Para no escribir ni amargar en demasía esta nota se puede decir que recorrer la ciudad un domingo cualquiera a bordo de una bicicleta es una valiosa aventura que significa paz y alegría.
Y cómo para variar, un último consejo, amigos lectores, hagan ejercicio, ojalá a diario. Cuidemos las rutas de las bicicletas y ayudemos a mantener la ciudad limpia. Estaremos cómodos y tendremos calidad de vida. No lo olviden… Elías Prieto Rojas: Buenas tardes, nos vemos en la ciclovía
