El ganador del Nobel de Literatura en 1954 tuvo una estrecha relación con España desde comienzos de los años 20.

News Press Service
El Heraldo
Hablar de Ernest Hemingway es hablar de uno de los periodistas y escritores más reputados y populares del siglo pasado. Una fecunda labor que tuvo como recompensa premios tan prestigiosos como el Pulitzer en 1953 y el Nobel de Literatura un año después.
Repasar su existencia es una tarea oceánica. Fue conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido, y trabajó como reportero en la Guerra Civil Española. Fue un entusiasta de la caza en África, la pesca en Cuba y los Sanfermines en España, unas aficiones que plasmó en su obra.
Para Hemingway, España no era únicamente un mero destino turístico, sino que no tardó en convertirse en un amor incondicional que inmortalizó en varios pasajes de sus obras. Unos sentimientos y una admiración que condensó en una frase que firmó en una carta: «España es el último país bueno que ha quedado».

Y en su obra ‘Muerte en la tarde’ realizó otra afirmación muy contundente y elogiosa: «Si el pueblo español tiene algún rasgo común es el orgullo, y si tiene otro es el sentido común. El sentido común es tan fuerte y seco como las llanuras y mesetas de Castilla».
Cabe recordar que Ernest Hemingway desembarcó por primera vez en España en 1921 siguiendo los consejos de su mentora Gertrude Stein y regresó dos años después. Las tradiciones y la forma de vida españolas le hicieron mella desde el primer momento.
Otro etapa determinante fue cuando trabajó como corresponsal en la Guerra Civil acaecida de 1936 a 1939. El impacto del conflicto bélico supuso la gran inspiración para acometer su obra maestra, ‘Por quién doblan las campanas’, publicada en 1940.
