
News Press Service
CUERPOMENTE
Todos luchamos por la felicidad. La perseguimos, la buscamos, sentimos que estamos a punto de alcanzarla… Y la volvemos a perder de vista en un desliz.
Esta búsqueda insaciable es, en ocasiones, la peor de las cargas. Queremos sentirnos bien, encontrar un sentido, reconciliarnos con lo que somos. Y, sin embargo, cuánto más perseguimos esa luz, más sombra encontramos en nuestro camino. Esa paradoja nos acompaña en cada paso, y no podemos ignorarla.
Esta tensión constante se hizo evidente para uno de los más grandes pensadores del existencialismo: Albert Camus, filósofo, escritor y premio Nobel de Literatura (1957).
En sus Carnets, reflexionó con voracidad y sin refinamiento sobre aquello que lo llevó a declarar que “debemos imaginar a Sísifo feliz”. Porque para él, la búsqueda de la felicidad era al mismo tiempo la razón esencial para vivir, y el mayor obstáculo para la vida.
El absurdo
Para Camus, la vida, en su raíz, es absurda. Por más que nos esmeremos por encontrar un sentido a nuestra propia existencia, lo cierto es que no hay sentido garantizado.
Esa promesa divina que nos asegure un destino armónico es falsa. El mundo no está diseñado para responder a nuestros anhelos más profundos. Debemos aceptar que el mundo es absurdo, que el universo es indiferente, y que nuestras vidas carecen de significado.
Puede sonar dramático, pero aceptar esta realidad es al mismo tiempo liberador. Tomar conciencia de que no hay un sentido nos hace libres.
Podemos ser rebeldes y aferrarnos a la vida en su total fragilidad.
Dentro de este contexto, nos explica Camus, la felicidad es inevitable. Nos sobreviene sin previo aviso. Y nosotros, seres finitos, no podemos dejar de ansiar un sentido. Pero es importante que comprendamos que esa búsqueda absurda no nos deja vivir en paz.
Sísifo: el héroe de la lucha perpetua

Es inevitable recurrir a Sísifo si queremos comprender a Camus. Este personaje de la mitología clásica fue castigado por los dioses. Su castigo consistía en levantar una enorme roca por una pendiente. Al llegar a la meta, la piedra caía inevitablemente hasta el final de la colina, por lo que Sísifo tenía que volver a empezar. Es una imagen trágica de repetición sin fin, de esfuerzo inútil.
Cuesta entender, entonces, que Camus nos dijera “hay que imaginar a Sísifo feliz”. Pero, en realidad, ahí está la clave. En imaginar a Sísifo feliz.
Imagina a Sísifo feliz
La vida no tiene sentido, pero nuestra misión como humanos es intentar dárselo. No lo podemos evitar. La clave, por tanto, es ser felices en nuestra eterna, absurda e inútil tarea. Encontrar la felicidad por el camino.
Porque la felicidad de Sísifo no es ingenua, ni es una ilusión. Es la victoria absurda de quien acepta su destino, incluso cuando ese destino no ofrece garantías.
Si imaginamos al personaje consciente de su tarea, podemos crear un Sísifo que se apropia de su roca. Su momento de lucidez ocurre en su descenso, cuando vuelve a por ella y contempla lo que ha hecho. Es en ese instante –no en la cima, sino en la caída– donde reside su felicidad.
La neurociencia lo confirma
La teoría de Albert Camus se revela contra la de otros grandes pensadores anteriores, como Aristóteles, que creía que la felicidad solo podía alcanzarse por medio del aprendizaje y la virtud.
Para el griego, la felicidad era un resultado tras una vida de esfuerzo. Para Camus, la felicidad es absurdamente inevitable.
Lo curioso es que los estudios en neurociencia parecen darle la razón a Camus. Las investigaciones modernas han descubierto que el cerebro humano es plástico.
Las redes neuronales cambian, los estados emocionales fluctúan y la estabilidad emocional no significa ausencia de altibajos, sino la capacidad de gestionarlos.

De hecho, ya hay estudios que demuestran que la variabilidad en la actividad cerebral durante experiencias emocionales es lo normal, y no la excepción.
Es decir: ante una misma experiencia, nuestro cerebro puede reaccionar de formas diferentes
La investigación ha avanzado hasta tal punto que sabemos, incluso, que los circuitos cerebrales que regulan la recompensa, el dolor, la pérdida y el equilibrio emocional están relacionados.
Y estos mecanismos no garantizan una felicidad permanente, pero sí permiten que nos sintamos bien incluso en medio de la adversidad.
Por eso puede, aunque estés pasando un momento increíblemente doloroso, reír con una broma en un funeral. O sentir alegría mientras estás internada en un hospital.
La teoría de Aristóteles cae entonces por su propio peso. No necesitamos alcanzar ningún estado de virtud armoniosa para ser felices, la felicidad nos encuentra porque es inevitable.
Y como Camus intuía, la vida no es una eterna subida hacia una cima feliz, sino una balanza en la que caben a partes iguales momentos luminosos y momentos oscuros.
Nuestra tarea no es permanecer siempre en lo alto, sino aprender a movernos en esa oscilación.
