
News Press Service
Por Elías Prieto Rojas
Mentes y sentimientos, dos términos que interactúan en la realidad; uno es pensamiento, el otro tiene que ver con las emociones. Mientras que el primero se dirige a la ciencia, el segundo se acomoda mejor con la fe. Sin embargo, cada ser humano elige, de acuerdo con su mentalidad, pero también, e individualmente, con sus tradiciones y creencias. Que la ciencia salva vidas, nadie lo discute; y que la fe mueve montañas, casos se han visto. En resumidas cuentas, habrá que poner las cartas sobre la mesa para seguir especulando, o de no ser así, entender, sin previo aviso, el efecto placebo y también la contundencia del rigor científico; de cualquier manera, se intenta comprender acerca de otros especímenes que pululan por ahí y que podrían llamarse Ovnis, u objetos voladores no identificados: son los agüeros, aquellos monstruos sin cabeza, ni pies ni manos, los que no tienen asidero en ninguna cartilla de exhaustivo análisis; creer en las brujas, no es lógico, pero por todos lados aparecen, y por ello desconciertan… mejor dicho, para no entrar en ditirambos varios se precisa indagar, una vez más, sobre los agüeros; de aquellos estados de excepción que no tienen explicaciones lógicas, pero que solucionan, en algún momento, traiciones, apegos de amor, o desperfectos. Obvio que hay pretextos y axiomas, pero, (el pero filosófico): he ahí que sus indicadores positivos nos aportan variadas luces. Para empezar, les describo el primer agüero: manos llenas de mezquinos (diez años tenía este pecho), y una vecina le contó a mi madre que debía echar en una bolsita el número exacto; maíz, igual a la cantidad de mezquinos: granos duros con los que se alimentaban las gallinas. Y lo hice. Boté el alijo en un potrero sin mirar hacia atrás. Y luego de varios días los mezquinos desaparecieron, como por arte de magia.

Después, nunca, jamás, supe, lo que es una verruga cabalgando en mi cuerpo. Segundo: cuando se procura que alguien no acierte, la fórmula mágica es hacer «chulito», que consiste en poner los dedos como un cañón (se le llama pistola), para que el contrincante erre el disparo, o no dé en el blanco. Es tal la energía que se despliega al producir tal acción, que si se hace con fe, funciona. Tercero: más de un entrenador de fútbol tiene como cábala o agüero, exhibir una prenda de vestir (puede ser una camisa, o gorra, etcétera), para que al lucirla en el cuerpo, su equipo triunfe. Y es tal la fe puesta en el empeño que el elenco objeto del deseo, triunfa. Y qué me dice del agüero de muchos constructores que, para evadir problemas, evitan escribir el número 13 en el piso señalado, y deciden poner, mejor, el 14 en sus edificaciones; para no alborotar la mala suerte. Me hace recordar el cuento del frenocomio donde varios loquitos repiten sin cesar el número doce, encerrados en una habitación; y ellos insisten: «doce, doce, doce», y un visitante despistado, expectante escucha y escucha… «doce, doce, doce»… e intrigado por conocer lo que sucede dentro del cerrado recinto, el intruso decide saber qué pasa allí donde los enfermos repiten una y otra vez «doce, doce, doce» sin parar… y se agacha el hombrecito apretando sus órbitas con su pura visión fina y seguidamente por el ojo de la cerradura ¡pum! que irrumpe un punzón directo a la pupila: «trece, trece, trece»… y todo por no dejar quieto a quien permanece callado; por lo demás, y para no seguir enredados, es mejor dejar las aguas tranquilas, no sea el diablo, porque ese man si es bien puerco, o sino que lo diga la tabla uoija…
