La soledad no es siempre nuestra enemiga, a veces es un bien necesario que debemos aprender a cultivar y sostener. Esta enseñanza de Nietzsche explica por qué.

News Press Service
CUERPOMENTE
Unos terribles dolores llevaron a Nietzsche a alejarse del mundo. Abandonó su cátedra en la Universidad de Basilea, uno de los mayores logros de su carrera profesional, para recorrer las calles de Sils-Maria, un pequeño pueblo perdido en los Alpes.
Allí, el pensador dedicaba entre cinco y siete horas diarias a pasear sin compañía, con una libreta, dejando a su mente deliberar en silencio. En uno de esos recorridos encontró una enorme piedra que fue la inspiración del eterno retorno.
Fue en esos largos paseos también cuando empieza a formarse en su mente la idea de Así habló Zaratustra, quizá una de sus obras más reconocidas y difundidas. Y sin duda, el libro en el que más desarrolla su idea de la soledad.
Porque para Nietzsche, la soledad no era un obstáculo, sino una fortaleza. “La valía de una persona se mide por la cantidad de soledad que aguanta”, llegó a afirmar. Y en sus palabras hay mucha más verdad de la que podemos imaginar.
La soledad de Nietzsche

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Cuando en el siglo XXI hablamos de soledad, enseguida saltan las alarmas. La OMS considera la “soledad no deseada” como una de las grandes epidemias de nuestra era. Sabemos, y tenemos datos que lo demuestran, que la falta de compañía puede acortarnos la vida y disminuye significativamente nuestro bienestar.
Sin embargo, la soledad es algo inherente a la vida, como nos explicaba el filósofo José Carlos Ruiz en una entrevista que concede Cuerpomente. De ahí la necesidad de domesticarla, de aprender a habitarla.
Nietzsche coincidía con esta idea. Por eso con esta cita venía a decirnos que en realidad la fortaleza consiste en la capacidad de estar solos sin rompernos por dentro. No se trata de aislarnos por capricho, ni de soportar una soledad que no se desea y puede romperse. Se trata de soportar el silencio, la distancia del grupo y el hecho de pensar por cuenta propia.
La gran prueba

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En este sentido, la soledad sería para Nietzsche no un castigo, sino una prueba.
Quien es capaz de aguantar la soledad puede mirarse con mayor honestidad, puede desarrollar su pensamiento, puede dejar de depender de la aprobación ajena. Es la base de su filosofía, que opone al individuo creador frente al rebaño, frente a la presión de la multitud.
En su libro Nuevo elogio del imbécil, el periodista Pino Aprile asegura tajantemente que la compañía de nuestros semejantes nos vuelve tontos.
Es su quinta ley del fin de la inteligencia, que apoya en una cita de otro gran pensador, Fernando Savater, que dice: “La unión de muchos individuos es siempre más elemental que un solo individuo”.
Y es que, para poder pensar, y para que ese proceso sea efectivo, necesitamos soledad. Solo en un espacio de silencio e intimidad podemos permitir a la mente desarrollar ideas propias, que difieran de la masa, y que nos permitan dar forma a nuestro propio intelecto.
La presión del grupo

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Quizá uno de los principales impedimentos que la inteligencia encuentra en el grupo es que debe sacrificarse en muchas ocasiones en pro de la pertenencia. Muchos estudios, como el realizado por Baumeister y Leary en 1996, muestran que los seres humanos sentimos una fuerte necesidad de pertenencia.
Si necesitamos pertenecer, separarnos genera ansiedad. Diferenciarnos, pensar diferente, no acatar las reglas del grupo, implica tolerar la retirada de la validación externa. Esto es para lo que Nietzsche asegura que requerimos de fortaleza, y lo cierto es que no muchos contamos con ella.
Intolerancia al silencio

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En el siglo XXI el problema ha ido en aumento: no soportamos el silencio. De hecho, todos nuestros entornos están diseñados para ser ruidosos y estimulantes.
En buena medida, diría el filósofo Santiago Alba Rico, porque así merma nuestra capacidad de pensar y desafiar ideas establecidas. Y es que para pensar también necesitamos silencio, inherentemente ligado a la soledad.
El problema es que el ser humano no lo tolera bien. Al menos, no el humano moderno. En el famoso experimento de Timothy Wilson, realizado en la Universidad de Virginia en 2014, se pidió a los sujetos que eligieran entre sufrir una descarga eléctrica o quedarse a solas con sus pensamientos durante 15 minutos. ¿Imaginas cuál fue el resultado? La inmensa mayoría prefería las descargas.
Sostenernos sin anestesia

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El silencio y la soledad, por más miedo que nos produzcan, son necesarios. No solo porque nos permitan pensar y escapar de la dinámica de rebaño, como advertía Nietzsche. Necesitamos tiempo y espacio para poder gestionar nuestras emociones, para existir. Porque los seres humanos, por más que nos guste olvidarlo, somos seres temporales.
Es por eso que, en estos tiempos de prisas, ruido y multitud, la paciencia se ha convertido en un don escaso y esencial. Solo quien es capaz de postergar la recompensa, la pertenencia y el ruido en favor de su propio bienestar, de su paz y su capacidad de pensar de manera individual, podrá encontrarse en este mundo sin brújula ni tiempo.
