
News Press Service
Por Teresa Consuelo Cardona
Publiqué un texto explicando un hecho histórico, y suscitó gran tráfico en la red. Leí muchísimos de los casi 5 mil comentarios, para aprender qué es lo que motiva las expresiones de alguno(a)s usuarios, en el universo de esta red, al menos en el pedacito al que tengo acceso. Es un ejercicio de pesquisa informativa, de quienes ejercemos el periodismo de la «vieja escuela». (O vicio de periodista viejo, como dicen por ahí).

Para no decirles qué encontré (está publicado) haré un balance general que he interpretado de la siguiente manera: el poder no solo necesita ejercer violencia. Necesita elaborar una justificación moral para que la víctima, e incluso quienes podrían defenderla, terminen aceptándola.
Me explico: A mucha gente le cuesta mirar más allá del pretexto. Si un crimen se comete en nombre de Dios, algunos dejan de verlo como crimen; si se hace en nombre de la patria, deja de parecer violencia y empieza a presentarse como sacrificio; si se hace en nombre del orden, la seguridad o la civilización, puede incluso convertirse en una supuesta obligación.
Ese es uno de los grandes trucos del poder: ponerle un escudo moral a sus actos para que nadie mire lo que hay detrás del escudo. Los peores crímenes cometidos desde el poder no siempre se presentan como crímenes: se presentan como defensa de la fe, de la patria, de la familia, de la democracia o de cualquier valor capaz de producir aceptación colectiva. Y si alguien intenta atravesar ese escudo y preguntar quién mata, quién se beneficia, quién pierde y por qué, inmediatamente le dicen que está atacando aquello que el escudo representa.
Así funciona la manipulación: no necesitan convencerte de que el crimen es bueno; les basta con convencerte de que cuestionar el pretexto es malo.
El pretexto cumple una función mucho más perversa que esconder al criminal: consigue que la víctima termine defendiendo aquello que la perjudica. Cuando alguien mata “en nombre de Dios”, cuestionar al asesino puede ser presentado como atacar la fe; cuando mata “por la patria”, denunciarlo puede convertirse en una supuesta traición; cuando reprime “para defender el orden”, quien protesta es convertido en enemigo del orden.
De esta manera, el poder instala entre sus actos y la conciencia de la gente, un escudo de palabras sagradas: Dios, patria, seguridad, familia, democracia, libertad. En consecuencia, la discusión deja de ser “¿qué hicieron?” y pasa a ser “¿en nombre de qué lo hicieron?”. Si el nombre invocado es suficientemente poderoso, mucha gente deja de mirar el crimen y comienza a defender el pretexto. Ahí está la verdadera eficacia de la propaganda: no conseguir que la gente ame al verdugo, sino conseguir que proteja el escudo que lo oculta.
Por Teresa Consuelo Cardona
