
Bogotá, junio de 2026. News Press Service. A cinco días de las elecciones presidenciales, Colombia es una fractura viviente. En la radio se pelean los políticos; en las redes sociales abundan epítetos y ofensas (“rata”, “cucaracha” y otras palabras deshumanizantes); en la calle aparecen gritos entre los simpatizantes de distintos candidatos y unos pocos, que aprovechan los ánimos exacerbados, cruzan la línea para pegar o sacar armas y lanzarse insultos como “guerrilleros” o “paracos”. Desde el plebiscito por la paz, durante el Gobierno de Juan Manuel Santos, no se respiraba un ambiente de división tan asfixiante.
Han sido días de consumir mucha información en redes, de dormir poco y mal; de palpar cómo las imágenes sintéticas logran su cometido de confundirnos entre lo que es y lo que no es real; de frases que apuntan a clasificar y eliminar a los otros. Como una imagen publicada en X por un ciudadano y que resume el riesgo de violencia política que se siente en estos días.
La imagen decía: “No es Abelardo vs. Cepeda, sino Abelardo vs. la Guerrilla”.
La frase parte de la idea equivocada— por si alguien tiene duda- de que quienes votan a Cepeda son guerrilleros y de que el país está dividido entre guerrilleros y abelardistas. No es así.

Ni la guerrilla existe ya formalmente— en 2016 se desarmaron las FARC y hoy quedan un ELN narcotraficante, según el propio presidente Petro, y grupos armados criminales violentos que cuidan sus propios negocios ilícitos- ni quienes votan a Cepeda son todos de izquierda.
Al cierre de este boletín se anunciaba un acercamiento al centro político por parte de esa candidatura.
Me pregunto qué pasa por la cabeza de ese ciudadano que tomó tiempo para hacer esa imagen. ¿Tendrá algún un hermano o un familiar que vota a Iván Cepeda?, ¿ pensará de verdad que esa persona que ama es un guerrillero? ¿Creerá, en serio, que ese amigo o amiga es un enemigo?
Aunque ha intentado diluirlo, el propio candidato de ultraderecha dijo en una entrevista que con él se “destriparía” a las personas de izquierda que, aunque suene obvio reiterarlo, no son guerrilleros.
La campaña ha estado atravesada por una fuerte épica militarista que se promueve desde el gesto de firmes por la patria, de ser un soldado de alguien y que recuerda la época de los Hombres de Acero, una serie de televisión que mostraba el heroísmo de los soldados.

Ni De La Espriella ha pedido mesura a sus simpatizantes; ni el presidente, que ha asumido a título propio la defensa de la campaña de Cepeda, parece haber reflexionado sobre la incertidumbre que causó su anuncio de no aceptar los resultados de primera vuelta.
La campaña que se acaba ha sido también la de la desinformación y de los influencers: hemos visto imágenes que se dan por ciertas de Cepeda vestido de camuflado; de un De La Espriella disfrazado de mujer bailando en puntas de pie; de la candidata a vicepresidente, Aida Quilqué, retratada como cucaracha.
}Volvieron también los mismos fantasmas de 2016: una supuesta hormonización trans que el candidato de la izquierda jamás ha propuesto y hasta el castrochavismo que ya es marca registrada del miedo en cualquier elección de América Latina.
En esta contienda apareció con mayor fuerza la palabra fascismo. “Uribe es fascista, digámoslo con toda claridad y de una vez por todas”, dijo Cepeda en un discurso días antes de la primera vuelta.
Sin debate de propuestas e ideas, cada candidato ha elegido influenciadores para hablarles a otros públicos. Millones de vistas, clips recortados e ideas reconfirmadas. Donald Trump, como lo ha hecho en Argentina o Brasil, se metió de frente a la campaña y anunció su apoyo abierto a De La Espriella; el expresidente Álvaro Uribe está en la segunda línea detrás del candidato de la ultraderecha; y Cepeda eligió el camino que mejor conoce, el de la denuncia judicial.

El candidato oficialista denunció penalmente a De La Espriella ante la Corte Penal Internacional por sus presuntos vínculos con grupos paramilitares.
En el medio los ciudadanos que siguen-seguimos bombardeados de desinformación sintética en los celulares. Bajo el algoritmo que solo amplía la fractura. Es apenas miércoles y cualquier cosa puede pasar entre hoy y el domingo.
Por eso este viernes se publicará la última newsletter de elecciones en la que Juan Esteban Lewin nos pondrá al día de cómo llegamos a la cita electoral que más que “fiesta de la democracia” parece partido definitorio de la democracia.
