
News Press Service
Banco Mundial
El mundo se mueve en diferentes longitudes de onda. Algunas son crisis de alta frecuencia (guerras, nuevas tecnologías, episodios de pánico en el mercado) que se intensifican rápidamente y dominan nuestra atención.
Otras son fuerzas de baja frecuencia que se mueven lenta pero implacablemente: los cambios demográficos, la globalización, la escasez de agua y alimentos.
Las ondas de alta frecuencia se perciben como urgentes. Las de baja frecuencia reconfiguran el sistema.
Eso no quiere decir que las crisis no importen. Pero no podemos convertirnos en víctimas de la combustión lenta simplemente porque la crisis inmediata arde más u ocupa más titulares en los periódicos. Si se ignora la combustión lenta el tiempo suficiente, se convierte en un infierno.
Una de esas fuerzas ya está en movimiento. En los próximos 10 a 15 años, 1200 millones de jóvenes de los países en desarrollo alcanzarán la edad laboral, una escala que el mundo no ha visto nunca.
Sobre la base de las tendencias actuales, se espera que estas economías generen solo unos 400 millones de empleos durante ese mismo período, lo que deja una brecha de proporciones alarmantes.
Esto suele plantearse como un desafío del desarrollo, y lo es. También es un desafío económico. Y cada vez más, un desafío de seguridad nacional.
Lo que llamó la atención en la conferencia de Davos el mes pasado fue la facilidad con que se dejó de lado esta cuestión, opacada por la urgencia del tema del día.
Pero no se la debe ignorar en los foros que se celebrarán próximamente, como la Conferencia de Seguridad de Múnich y las cumbres del Grupo de los Siete (G7) y el Grupo de los Veinte (G20).
Si invertimos tempranamente en las personas y las conectamos con empleos productivos, esta nueva generación tan numerosa podrá desarrollar vidas dignas y convertirse en la base para el crecimiento y la estabilidad.

Si no lo hacemos, las consecuencias son previsibles: presión sobre las instituciones, migración irregular, conflictos y aumento de la inseguridad a medida que los jóvenes comiencen a buscar cualquier alternativa disponible.
El Grupo Banco Mundial sigue el primer camino con urgencia, combinando las finanzas públicas, los conocimientos, el capital privado y las herramientas de gestión de riesgos en torno a una estrategia de empleo basada en tres pilares.
En primer lugar, crear infraestructura, tanto humana como física. Sin servicios confiables de electricidad, transporte, educación y atención médica, la inversión privada y el empleo no se materializan.
Se comprende bien el papel que desempeña la infraestructura física, pero la inversión en las personas es igualmente crucial.
Por ejemplo, un centro de formación de Bhubaneswar (India), respaldado en asociación con el Gobierno y el sector privado, capacita a casi 38 000 personas cada año.
Debido a que la preparación que ofrece la institución está alineada con la demanda real del mercado, casi todos los graduados encuentran empleo, o incluso crean ellos mismos puestos de trabajo, gracias a su capacitación en ingeniería, fabricación y propiedad intelectual.
En segundo lugar, crear un entorno favorable para los negocios. Las normas claras y la regulación previsible reducen la incertidumbre y facilitan la puesta en marcha y el funcionamiento de los negocios.
Cuando los emprendedores y las empresas tienen la confianza necesaria para invertir y expandirse, se generan empleos. Los recursos públicos pueden ayudar a destrabar ese proceso,
pero la creación de empleo a gran escala depende del sector privado, en especial de las microempresas y las pymes, que generan la mayor parte de los puestos de trabajo.
Esto conduce al tercer pilar: ayudar a las empresas a crecer. A través de nuestras instituciones dedicadas al sector privado, proporcionamos capital accionario, financiamiento, garantías y seguros contra riesgos políticos.
Un modelo implementado recientemente es el de la garantía del financiamiento para el comercio en favor del Banco do Brasil, que permite liberar aproximadamente USD 700 millones en financiamiento asequible para pequeñas compañías brasileñas, particularmente en el sector agrícola, canalizando así capital hacia las empresas que impulsan el crecimiento local.
Nos enfocamos en los sitios donde el potencial de empleo es mayor, en los cinco sectores que generan sistemáticamente puestos de trabajo a gran escala: infraestructura y energía, agroindustria, atención primaria de la salud, turismo y manufacturas con valor agregado.
Esto no es una teoría abstracta. Se basa en pruebas, en la experiencia de los países y en decisiones difíciles acerca de los ámbitos en los que los recursos limitados producen mayor impacto.
Tampoco es una propuesta de suma cero.
Para 2050, más del 85 % de la población mundial vivirá en países en desarrollo. Eso representa no solo la mayor expansión de la fuerza laboral mundial de toda la historia, sino también el mayor incremento en la cantidad de futuros consumidores, productores y mercados. Ya sea por motivos de desarrollo, altruismo, rentabilidad o seguridad, es importante dedicar energía y recursos a esta labor, y ese esfuerzo tiene recompensa.
Los países en desarrollo se benefician porque los empleos generan ingresos, estabilidad y dignidad. Fortalecen la demanda interna y dan a los jóvenes una razón para invertir en su futuro dentro de sus países en vez de buscar en otra parte.
Los países desarrollados también ganan. A medida que las economías en desarrollo crecen, se convierten en socios comerciales más fuertes, participantes más resilientes en las cadenas de suministro y vecinos más estables.
El crecimiento de esos mercados amplía la demanda mundial y reduce las presiones que impulsan la migración irregular y la inseguridad, resultados que conllevan costos económicos y políticos reales mucho más allá de las fronteras.
Y para el sector privado (tanto las instituciones financieras como los operadores), esto representa una de las mayores oportunidades de las próximas décadas. El rápido crecimiento demográfico significa una demanda sostenida de energía, sistemas alimentarios, atención médica, infraestructura, viviendas y manufacturas.
La limitación nunca ha sido la falta de oportunidades, sino el riesgo, real y percibido. Es ahí donde las instituciones de desarrollo pueden desempeñar un papel catalizador, financiando la infraestructura, apoyando reformas regulatorias y reduciendo el riesgo.
Si hacemos las cosas bien, las fuerzas de baja frecuencia que dan forma al mundo —en este caso, la demografía— se convertirán en motores del crecimiento y la estabilidad en lugar de fuentes de volatilidad y riesgo.
Si nos equivocamos, seguiremos corriendo detrás de las crisis, reaccionando ante resultados que ya estaban a la vista desde años, incluso décadas antes.
La elección no radica en si estas fuerzas configurarán el futuro. De eso no hay duda. La elección está en si actuamos pronto y las moldeamos como oportunidades, o si esperamos hasta que lleguen convertidas en inestabilidad.
Este artículo se publicó originalmente en Bloomberg.
