
News Press Service
Por Elías Prieto Rojas
En alguno de los textos sobre filosofía, que son acervos de sabiduría acerca del manejo de la vida y sus conflictos, se rescatan las palabras de Aristóteles, quien y desde los albores de la civilización nos viene hablando de «equilibrio».
Qué se puede aplicar en los actuales momentos, puesto que el sustantivo significa estabilidad, armonía, mesura, prudencia, sosiego, discreción, y hasta cierto punto filantropía.
Por ello se deduce que la palabra «equilibrio» y sus componentes, se podrían
implementar ideológicamente en una sociedad enferma, porque el término procura sanas emociones: bienestar para tranquilidad de los humanos, donde se hace imperativo rechazar la guerra, puesto que, y por donde se le mire, ésta es aterradoramente «extremista».
Porque cuando se le intenta someter al opositor con triquiñuelas, calumnias y sicariato moral es conspirar para aniquilar la democracia; es no posicionar el diálogo como «equilibrio», es vulnerar los derechos, lo que infiere un grave daño.
Extremismo puro, egocéntrica razón que mata.

Y es válida esta afirmación acercándose la votación para la elección del próximo inquilino de la Casa de Nariño.
Porque la polarización existe, puesto que los electores en los actuales momentos, cada uno por su lado, «radicaliza» sus ideas, empezando por el primer empleo del país: desconfiar de la registraduría y hacer voz populi de anomalías donde aún nada se comprueba, es sembrar cizaña.
Sin embargo, desde la otra orilla la perfidia ronda y despreciar al adversario y tildarlo de comunista es basura de ciertos orilleros, pero no de los de Borges; acá en Colombia esta corriente de opinión en contra de un opositor, léase líder indiscutido, donde nada se le ha comprobado, también electrocuta.
Gustos y preferencias, derecha, o izquierda, candidatos que promocionan ideologías que proponen, al final de cuentas, hundir la sociedad por culpa de extremismos y fanáticos radicales, valga la redundancia.
Un maniqueísmo que no promete, sino la confrontación, entre las diversas fuerzas que conforman nuestra patria.
En síntesis, se quiere un cambio, pero se considera, hoy por hoy, inteligente, optar por uno de los «extremos»: tamaña equivocación para la derecha, o para la izquierda; pues significa, de triunfar para el pueblo raso, una gobernanza de miedo.
Ideas, actitudes y conductas que pululan por ahí, donde se cree, que cualquiera de las anteriores ideologías es la panacea, pero, las experiencias en otros países nos demuestran que, los extremos no son buenos, si nos atenemos a los diversos conflictos que se presentan allende los mares, y por supuesto, en la geografía nacional.
Una politóloga, de prestigio, y colombiana, para más señas, quien nos pidió la reserva de su nombre, para evitarse complicaciones, sustentó la siguiente perla:
«Hemos sido gobernados en Colombia por una misma clase política, con sus delfines, durante más de doscientos años, donde no se han visto cambios significativos que beneficien a la sociedad en salud, vivienda, educación y demás, y entonces es apenas lógico y justo darle la oportunidad a esa otra nueva clase dirigente -la izquierda-: procurando que con ella salgamos, de una vez y para siempre, del atraso en el cual vivimos».
Y con ello parece que se da en el blanco; pertinente el juicio, parece ser, frente al compromiso electoral, sólo que también se debe analizar la propuesta del otro extremo.
La derecha, en palabras de sus voceros precisa aniquilar, matar a los subversivos, a los grupos armados, bandas, delincuentes, violentos, inocentes, etcétera, y vale todo, muy al estilo salvadoreño.
Pero, este tampoco es el camino, porque de ser promovidos los extremos, cualquiera que sea la ideología implantada termina demoliendo cualquier otra opción.
El centro, o equilibrio del cual hablaba Aristóteles es el término que, como ya se dijo se debe imponer y que no es otro: apenas la mesura, la lucidez, la verdad y el buen juicio.
Es turno para que una ideología de centro, no tan sólo de izquierda, ni de derecha, trabaje en beneficio de todos y de todas.
En síntesis: el bien común y los derechos deben prevalecer, pero aplicándose, y no sólo beneficiando a los más necesitados, ni sólo defendiendo el capitalismo salvaje; la idea es la justicia social, la equidad y la igualdad.
Lo demás, de veras, es extremismo.
