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Un año de talleres y creación da lugar a “Casa para Mariposas”, proyecto que culmina en una exposición de memoriales arquitectónicos hechos por niños y niñas víctimas del conflicto. La iniciativa, excepcional en Colombia, transforma memoria y dolor en espacios vivos, proponiendo una forma sui géneris de pensar la paz desde la infancia.
Mónica del Pilar Uribe Marín / The Prisma, The Multicultural Newspaper*
Alejandra* era muy pequeña cuando a su pueblo y a su casa entró la guerrilla. Iban en busca de su tío. Era de noche y todos dormían. La balacera terminó tan abruptamente como empezó y todo quedó en silencio. Fue cuando advirtieron que el tío seguía en el cuarto. Allí lo hallaron muerto en la cama, con disparos en la cabeza y el cuerpo. La tristeza inundó a la familia.
La tragedia en la historia de Antonio* es una página distinta. Sus abuelos eran artesanos tejedores. Su madre le contó que un día vinieron unos hombres armados para arrebatarles la casa. Todo fue muy rápido y tuvieron que huir sin sus pertenencias, incluso dejaron los hilos y el telar. A todos los abrazó el desamparo y el desarraigo.

En otra geografía, Irene, hija de lideresa, creció en una familia de artesanos del totumo, el tejido y la música. Cuando tenía 9 años su padre le contó que un día salió con un compañero hacia una vereda en busca de totumos para hacer maracas.
De repente “aparecieron unas personas malas que les dijeron que los matarían si no se quedaban. Mi papá se escondió detrás de una casa, en un cobertizo, y desde allí vio cómo asesinaban a un muchacho y escuchó cómo amenazaban a sus amigos para que dijeran dónde estaba él. Se quedó casi tres días encerrado sin agua ni comida. Al principio se oían gritos, llanto y balas, después solo silencio. El dueño de la casa pudo sacarlo con vida.”
Con Maribel* y Ramiro* las cosas son distintas porque las huellas en su memoria las han tatuado los animales. En el caso de Maribel se trata de un gato. “Yo adoraba ese gatico, era hermoso, hasta que unas personas en represalia por yo estar en el grupo armado lo mataron frente a mis ojos pasándole un carro por encima. Dijeron que era un accidente, pero yo sabía que no”. Este hecho violento la impresionó hondamente y se dio cuenta “que había mucha gente que estaba muy brava” con ella.

Y lo de Ramiro sucedió hace tiempo: un grupo armado entró a San Jacinto y en el enfrentamiento que sostuvieron guerrilla y policías murieron habitantes del lugar. Uno de ellos fue su tío. Recuerda que era una buena persona y que le gustaba ir mucho a la finca con sus primos y jugar con ellos fútbol, béisbol y a las escondidas. Él le había regalado un loro. Tras su muerte, cada vez “que yo veía el lorito me acordaba de mi tío”. Poco después murió el ave.
Quienes narran estos hechos violentos son menores. Tienen entre 9 y 17 años y por sus vidas ha transitado demasiado dolor, miedo y pérdida. Están marcados por el desplazamiento y el reclutamiento forzado y son oriundos de San Jacinto (Bolívar); Catatumbo (Norte de Santander); Arauca, Cauca y Putumayo, regiones que en Colombia han sido escenarios de violencia.
Pero estas narraciones han dejado de ser fragmentadas gracias a un proceso que inició en 2019. Detrás de esa iniciativa está la arquitecta Fabiola Uribe, directora y fundadora de “LunÁrquicos: Práctica experimental de arquitectura para niños”, quien en conversación con The Prisma explicó cómo este proyecto fue tomando forma hasta convertir esas memorias en ejercicios de creación arquitectónica.

Las primeras mariposas
Ese 2019 el Museo de Arquitectura “Leopoldo Rother”, de la Universidad Nacional, organizó la exposición “Víctimas”, un memorial obra del arquitecto neoyorquino John Quentin Hejduk, en homenaje a las víctimas del holocausto. Los organizadores llamaron a Fabiola ya que LunÁrquicos es un colectivo en Colombia que busca “acercar a niños y niñas a la arquitectura”. Le pidieron que desarrollara un taller con infantes y adolescentes en torno al tema. Fabiola conocía bien la obra de Hejduk y le maravillaban las 63 estructuras (mascaradas) de “Victimas”, pero era consciente de que era un tema para tratar con cuidado. “Para nosotros –explica– era difícil la palabra ‘víctima’, pues sonaba demasiado agresiva. Entonces planteamos un nombre poético: Casa para mariposas, pues hacía alusión a que las mariposas, al igual que esas víctimas, tenían un gran valor dentro de su entorno, pero sus vidas habían sido de alguna manera cegadas prematuramente por la violencia.”
Entonces diseñaron el taller para que los niños desarrollaran una serie de memoriales donde los destinatarios fueran personas de sus vidas, a las que ellos consideraban que habían sido también víctimas, de cualquier tipo. “En ese momento no estábamos pensando en un conflicto armado ni nada parecido, sino en ese concepto de ser vulnerable.” Surgieron los temas del suicidio, el matoneo, la pérdida de mascotas y de objetos, la soledad. Y en ese tránsito aparecieron dos historias que les llamaron la atención y que eran contadas por dos niños desplazados por la violencia. Historias de pérdida y muerte violenta que reprodujeron de manera conmovedora en maquetas.

La experiencia le dejó a Fabiola la inquietud de trabajar el tema de violencia, conflicto e infancia desde la arquitectura. Su idea era crear memoriales hechos por niños, algo jamás se había dado en Colombia.
Así lo comentó a su equipo: Sebastián Fonseca y Jorge Raedó, asesor. Todos coincidieron: un día trabajarían en ello. En los años que siguieron desarrollaron numerosas actividades, sobre todo académicas y otras de diferente textura, alguna tangenciales al tema. Finalmente, en 2024, a Fabiola la llamó Carlos Barberá, arquitecto y profesor del Departamento de Expresión Gráfica de la Universidad de Alicante, para comentarle sobre una convocatoria de cooperación. Quería una alianza con LunÁrquicos.
Fue la coyuntura para trabajar el tema niños, violencia y arquitectura. Además “la Comisión de la Verdad en esos momentos estaba revelando las cifras sobre reclutamiento forzado de menores. Entonces consideré que debía proponer ese tema que siempre me ha impactado mucho, particularmente por su incidencia en los menores. Trabajamos y propusimos un proyecto donde ellos participaran directamente y pudieran expresar su reflexión sobre cómo el conflicto los ha afectado”.

Configuraron la propuesta que contemplaba, entre otros aspectos, la elaboración de un conjunto de 30 memoriales arquitectónicos y trabajar con menores afectados directa o indirectamente por el conflicto armado.
El propósito era unir los aspectos de la memoria, la niñez y el conflicto a través de un proyecto de creación arquitectónica y, con ello, procurar reflexiones que van desde lo artístico, lo simbólico, lo cultural y, obviamente, desde la memoria.
La intención: hacer que los niños se expresen desde el arte y la arquitectura, que expresen cómo han vivido o tenido pérdidas y cómo esas personas que perdieron, que han desaparecido de sus vidas pueden ser recordadas, rescatadas, a través de memoriales.
Esto es porque esos memoriales están hechos a partir de sus recuerdos y en los espacios que diseñan hacen que la pérdida de sus seres queridos, o sus momentos, animales u objetos, se reconstruyan o escenifiquen allí y recuerden sus acciones, sus palabras, sus hechos. “Pero no se trata de trascender el hecho violento de la pérdida”, dice.
Memoriales y arquitectura

¿Dónde radica el vínculo entre arquitectura, estética y memoria y qué propósito se desprende del mismo?
Fabiola dice que para entender “Casa de las mariposas” hay que entender a Hejduk. Ella pensó que lo hecho en “Víctimas” permitía ser utilizado con los nuevos diseños de los niños. “Allí esos edificios son como unas entidades poéticas que están en el espacio y condensan, mantienen o representan la biografía de las personas muertas en el Holocausto, Hejduk propone habitar la memoria”.
Explica que los monumentos siempre se quedan en un recuerdo congelado. Pero su idea es que “empecemos a recordar todas esas acciones o actividades que hacían las personas, su vida cotidiana. Se trata de recuperar tales historias a través de la memoria.”
Entonces ¿qué sucede en la Casa de las Mariposas? Allí siempre “está el recuerdo del espacio que se habita o donde se manifiestan las acciones que te definen. Esa construcción está llena de actividades y de acciones, de recordar al que cultiva, siembra, a la mamá que teje, el tener un lugar para contemplar tu vida…” En esos espacios creados se colocan a las personas que no están, al animal que cantaba, a los libros que se leían. Un monumento es una batalla, una guerra, un hecho estático que recuerda ese momento. Pero el memorial tiene un elemento que es dinámico porque cada vez que usted se acerca, usted puede interactuar con él, lo puede reinterpretar y apropiar.”

En otras palabras, en esa construcción física donde se reconstruyen los recuerdos se puede subir una escalera, mirar un paisaje y después escribir un poema. “Nos parecía importante que los niños se centraran en las acciones que hacían las personas que habían desaparecido, en las víctimas que ellos eran. Porque la acción es el soplo de vida que se le da al objeto.”
Mariposas en San Jacinto
El propósito estaba claro y así Fabiola y todo el equipo LunÁrquicos y Carlos Barberá se concentraron en las regiones de las cuales saldrían los hacedores de memoriales, y conformaron dos grupos, uno de víctimas y otro de desmovilizados. El primero lo constituyen 16 niños y niñas de San Jacinto, entre los 9 y los 16 años de edad, que fueron seleccionados por la Asociación Red Antorchas.
“Al venir de un proceso de organización social que han hecho con la comunidad y con Red Antorchas, son menores muy colaboradores, muy solidarios entre ellos, muy receptivos y alegres.”
En los primeros dos días estuvieron presentes adultos porque se realizaron diálogos intergeneracionales. Después Fabiola y Sebastián trabajaron con ellos de manera aislada, pero con el acompañamiento de una psicóloga y una trabajadora social, ambas de Red Antorchas. “Nos hacían el acompañamiento por si acaso se abrían heridas durante el proceso.”

Así transcurrieron los días en esa región de sol audaz e interminable, en la que no solo escucharon a los niños, sino que también los vieron armar sus recuerdos, sus memoriales, que después al finalizar el ciclo, expusieron en la comunidad.
Estuvieron en el barrio de la Guitarra, uno de los barrios más golpeados por el conflicto armado durante los años 90. Una parte de la población ha sufrido desplazamiento generacional. No fue una experiencia difícil: “Como conocen del tema, han hecho muchos talleres y viven mucho las expresiones culturales y artísticas y están acompañados por sus familias. Todos pertenecen al mismo barrio, un barrio muy unido y organizado socialmente.”
Y al ser hijos de artesanos, de tejedores, tenían mucha habilidad manual e hicieron unas “muy interesantes maquetas con los elementos que les entregábamos. Como se conocían más, se contaban las historias y se ayudaban entre ellos para hacer las maquetas.”
El único obstáculo fue que, por ser niños pequeños, cuando les hablaban del memorial no entendían mucho. “Por eso llegamos a ellos con ese concepto de ‘casa para el alma’ que tenían en la antigüedad, donde se construyen espacios para que habite el alma y la memoria de personas fallecidas. Ese concepto sí les resultó comprensible.”
Mariposas en Bogotá

Fue en esta ciudad donde se conformó el segundo grupo: Territorios. Lo hizo el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Fundación Centro para el Reintegro y Atención del Niño (CRAN). El grupo inició con 12 jóvenes, pero solo ocho terminaron el proceso. Tienen entre 13 y 17 años y son jóvenes provenientes de diferentes zonas del país, son desmovilizados que fueron reclutados a la fuerza por guerrillas, paramilitares, autodefensas y otros actores armados. Tienen familia, mas por temas de seguridad tuvieron que separarse de ella y de sus lugares de origen. Están bajo medidas de protección.
Sus historias de vida son muy distintas. Están muy marcadas por la violencia. Fabiola cuenta que “eran menos receptivos. El CRAN quería que nos centráramos sobre todo en lo positivo, en que ellos entendieran que iban a una nueva vida, pues son muchachos que tienen traumas emocionales y psicológicos debido a lo que les ha tocado vivir.”
Los niños de San Jacinto han vivido la violencia como desplazados. Los de Territorios “han sido víctimas de otro modo. Fueron reclutados por grupos armados por lo cual tuvieron una participación en el conflicto al ser actores armados.”
Trabajar con estos jóvenes fue difícil al principio ya que, pese a conocer bien el tema, LunÁrquicos nunca había trabajado con menores desmovilizados. Por ello recibieron con agrado el permanente acompañamiento de las psicólogas en los talleres. Estas fueron muy claras: No abran heridas que luego no puedan cerrar. “Sebastián y yo hablamos mucho antes de empezar. Era importante, sobre todo, acercarnos desde el amor, desde el afecto y la sensibilidad. Entenderles. Son muchachos de origen muy rural, algunos de los cuales estuvieron mucho tiempo en los grupos armados. Nosotros llegamos con un taller de arquitectura que requiere de algún tipo de habilidades… Pero para ellos todo lo que tenía que ver con la expresión manual, con la representación plástica, les parecía que no era cosa de hombres. Habían portado y utilizado armas, entonces para ellos hablar a través del arte les parecía ridículo”.

Les tocó hacer muchos apoyos de imágenes y de elementos gráficos para hacerles entender que el arte y la arquitectura son un lenguaje que permite expresar aquellas cosas que ellos de pronto no podían procesar o entender de sí mismos. “Fue lo más difícil, pero a su vez lo más satisfactorio porque ellos después decían: ‘Creo que así nos queda más fácil hablar sobre lo que vivimos’. Incluso las psicólogas nos decían, «Han dicho más cosas haciendo esto que a veces hablando”.
Y así surgieron finalmente ocho memoriales memorables.
Mariposas por etapas
Tras casi un año de trabajo intenso, LunÁrquicos y la Universidad de Alicante cristalizaron por etapas ese proyecto que es el primero de esta índole que se realiza en Colombia: Arquitectura, memoria, paz e infancia, una simbiosis estética, creativa, de resiliencia y memoria.
Una simbiosis donde se conjuraron otros esfuerzos y apoyos: la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de la Alcaldía Mayor de Bogotá, la Fundación CRAN, la Asociación Red Antorchas y la Corporación Jurídica Humanidad Vigente.
Pero los esfuerzos mayores estuvieron en los arquitectos de la memoria, en esos niños, niñas y adolescentes que crearon 24 diseños cuyo destino es la exposición temporal en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y que lleva por nombre “Casa para Mariposas. Arquitecturas imaginadas para la paz».

El proyecto fue estructurado en cuatro fases “porque, además de trabajar desde la memoria de los niños frente al conflicto, queríamos que fuera un proceso donde muchas personas se involucraran, para hacer más ruido, para poner el tema sobre la mesa de forma reiterada.”
Tras formular el proyecto y diseñar los talleres de arquitectura con los niños, se planteó la construcción de los memoriales. Se dio un proceso paralelo. Era la tercera etapa y se hizo con la Universidad Nacional, socio estratégico del proyecto: un laboratorio de diseño sobre memoria e infancia y conflicto.
Con estudiantes de arquitectura se trabajó un taller para que diseñaran un parque urbano de carácter memorial, tal como lo había hecho Hejduk, quien coloca sus edificios en un parque memorial en Berlín.
Allí se planteaba dónde deberían ir los memoriales hechos por los niños. Fabiola admite que esta etapa tiene un objetivo anhelado: “Es importante y necesario que en un país que parece no querer a los menores, donde casi un millón y medio de ellos han sido víctimas del conflicto, cuente con un Parque de Memoria para sanar las heridas”

Y la última etapa es la exposición del 29 de abril en el Centro de Memoria, donde las 24 piezas que en San Jacinto y Bogotá construyeron los menores están acompañadas por la maqueta hecha por los estudiantes de arquitectura: una especie de síntesis de distintas maquetas de los niños de San Jacinto y del CRAN.
“Lo que hicimos fue tomar una maqueta de un menor que había sido reclutado, denominada El puente para las almas y la transformamos en un dispositivo más pequeño para trabajar el tema de la memoria en la misma exposición”, explica Fabiola.
En la exposición también estará el producto de un ejercicio con los jóvenes del CRAN: “El lugar del nunca jamás”, que ellos habitaron con unas pequeñas esculturas de plastilina.
Vuelan las mariposas
Fabiola calla y sonríe cuando le pregunto sobre cómo se siente frente a este proyecto y que piensa hacia el futuro, dice: “Era importante darle un lugar en la historia a los niños y niñas pero es mejor si pensamos que este lugar no está hecho con arquitectura.”

La arquitectura en sí misma es un objeto inerte. Solo tiene sentido en tanto es habitada y animada por las acciones y las actividades de las personas. En un proceso de paz la construcción de edificaciones como memoriales o elementos que sean significativos puede ayudar a converger comunidades en espacios colectivos. La arquitectura puede crear espacios que sean abiertos para que se dé el diálogo.
Por eso su sueño es crear en Colombia Parques Memoriales para niños y niñas. Es necesario. “Algo que casi no se hace, es que se pueda trabajar directamente con los niños que están siendo víctimas, porque normalmente los relatos que se han contado en Colombia sobre los niños afectados por el conflicto se cuentan desde la voz de los adultos o cuando ellos ya son adultos.”
*Artículo publicado originalmente en The Prisma*- The Multicultural Newspaper. Prohibida su reproducción total o parcial.
Nota: las fotos de la exposición son de Jorge Raedó.
